«¡No quiere comer!»: qué es la neofobia y cómo ayudar a los más chiquitos a comer bien

Columna publicada en BigBangNews

La neofobia y la selectividad al comer son procesos comunes en la primera infancia. Es importante conocerlos para poder acompañarlos sin caer en el marketing de los productos ultraprocesados, que prometen «tener todos los nutrientes» en un paquete y que crean un círculo de consumo muy difícil de desarmar posteriormente, profundizando en la selectividad. El acompañamiento profesional actualizado (como responsabilidad de los propios profesionales) es fundamental para prevenir estas cuestiones y para acompañar el crecimiento saludable de bebés, niñas y niños.

Los bebés comienzan la alimentación complementaria alrededor de los seis meses. pero no siempre es «color de rosas»: mientras que algunos bebés se llevan con fricción el arbolito de brócoli a la boca, otros solamente lo miran y, con un poco de suerte, lo revolean. Algunos bebés abren la boca felices ante una cucharada de papillas, otros fruncen el entrecejo y la rechazan claramente. Esto, muchas veces, lleva a las familias a tener mucha angustia.

«¿Por qué no come? ¿Se va a desnutrir? ¡El primo tiene la misma edad y come un montón! Comía de todo y ahora sólo come fideos», son algunas de las preguntas y comentarios que recibo en el consultorio. Ante todo, hay que saber que la alimentación complementaria es eso: complementaria. Durante el primer año, la leche es el principal alimento y los bebés no «aprenden» a comer de golpe y porrazo. Necesitan un tiempo para oler, aplastar, lamer, investigar esos alimentos y finalmente determinar que son comida. Mientras más sabores, más texturas y colores ofrezcamos, más conexiones se forman en su cerebro y tendrán mayor aceptación de diferentes alimentos a corto y largo plazo.

Los bebés pueden comer casi todos los alimentos (excepto carne picada, miel, productos ultraprocesados; alimentos pequeños y duros que puedan impactar en la vía aérea; sal, azúcar y, durante el primer año, hojas verdes en grandes cantidades). La variedad es infinita. No nos cerremos a lo dulce nada más: no hace falta que la mandarina esté «perfecta», si está un poco ácida es un sabor interesante que se forja en su memoria gustativa.

Pero, ¿qué pasa después del año; año y medio? Varias cosas: los bebés empiezan a crecer mucho más lento, a moverse más (muchos empiezan a caminar por estas épocas) y es posible que manifiesten menos interés por la comida y que prefieran ir a caminar por ahí. Esto es normal y sano; no debe asustarnos. También es común un período de neofobia: rechazar alimentos nuevos o, incluso, alimentos que antes aceptaba sin problemas. Los bebés ya son más grandes y empiezan a construir su «yo», a poner límites y a decidir. ¡Una etapa intensa! Pero, sin dudas, fascinante para acompañar.

¿Qué podemos hacer si «no comen»?

  • Seguir ofreciendo alimentos saludables: si brindamos golosinas, yogures, postres azucarados y galletitas, seguramente coman la cantidad que nos gustaría. Sin embargo, son productos muy poco nutritivos que ya se demostró su impacto negativo en la salud a corto y largo plazo.
  • Dar el ejemplo: lo que coman niños y niñas en casa, será lo que hay en casa. Si hay galletitas, comerán galletitas. Si servimos fideos todos los días, comerán fideos. Si nosotros no consumimos frutas, verduras o legumbres, tampoco ellos lo harán.
  • Evitar los jugos y «leches vegetales» comerciales: con un vaso de jugo comercial, por ejemplo, los niños y niñas obtendrían todas las calorías que necesitan en un día, sin incorporar nutrientes clave como el hierro y el zinc.
  • No ofrecer leches «de continuación» (leches numeradas con 3 y 4): son productos con alta cantidad de azúcar y aditivos en su composición, igual que los jugos previamente mencionados.
  • Comprender que los niños y las niñas se autorregulan: comerán la cantidad que necesiten. No existe manera de «obligar» a alguien a comer, ni siquiera aunque convirtamos la hora de la comida en una batalla campal. Gastaremos mucha energía, que de por sí demanda la crianza.
  • Evitemos las pantallas a la hora de la comida: distraen a los chicos de las experiencias sensoriales de la alimentación.
  • Pueden existir cuestiones sensoriales a evaluar en el ámbito de la alimentación de niños y niñas: algunos/as no toleran ciertas texturas, colores o temperaturas. En estos casos, es preciso informar al pediatra de cabecera para evaluar si amerita una consulta con especialistas en el tema.
  • En la consulta médica, también es preciso evaluar otras áreas como por ejemplo: un niño o niña puede no querer comer porque tiene dolor en sus dientes provocado por caries o por la presencia de un reflujo oculto. De ahí la importancia del control con el médico o médica de cabecera.

Por último, es importante incorporar a los niños y las niñas en la cocina: permitirles elegir las verduras y frutas a comprar, amasar, jugar con los ingredientes. Esto genera un vínculo con el preparado de los alimentos y, de a poco, con consumirlos.

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