La lactancia deseada es una responsabilidad social

Publicada en CosechaRoja

En la Semana Mundial de la Lactancia Materna escuchamos una vez más todos los beneficios que tiene para madres y bebés el acto de amamantar. Pero la idea de que la lactancia es “gratuita” invisibiliza el trabajo intenso de millones de mujeres. La lactancia debe partir del deseo. Y ese deseo solo puede existir si la sociedad comparte la responsabilidad. ¿Quién cuida a las que cuidan?

Antropológicamente, un nacimiento sigue siendo un evento social a festejar: un nuevo ser humano asegura la continuidad de la especie. Pero en la sociedad occidental, parece que ahí termina el interés colectivo en el pequeño o pequeña integrante: de su supervivencia se ocupará su familia y, sobre todo, su madre. Dentro de todas las tareas de cuidado que históricamente recaen sobre las mujeres, la lactancia es el mandato menos cuestionado. 

Las madres suelen escuchar innumerables comentarios sobre su cuerpo durante el embarazo. Después del parto, se potencian alrededor del acto de amamantar: “Tu leche no le alcanza, pobrecito, tiene hambre”. “¿Ves? no aumenta de peso. Lo que deberías hacer es…”. “Dale una mamadera de noche para que duerma y descanses”. “Estás obsesionada con la teta”. “Ya está grande para tomar…”. Y así, sucesivamente.

Muchos estudios lo corroboran y las nuevas investigaciones en microbiota humana no dejan dudas: para el pequeño mamífero humano no existe mejor leche que la de su propia especie. La leche que sale de las tetas de las mujeres tiene células madre, probióticos, prebióticos, anticuerpos y micro-máquinas que ayudan a aprovechar todos los nutrientes. Es diferente a la mañana, a la tarde y a la noche; cambia de composición cuando el bebé tiene un resfriado, cuando hace más calor, cuando le duele la panza. No es una cuestión de opinión: si los estudios sugirieran otra cosa, los laboratorios que comercializan las leches de fórmula no descansarían hasta que esa información llegue a cada uno de nuestros hogares. 

Pero cuando se dice que para amamantar solo se necesitan las tetas, que es gratuito, no es cierto. Para amamantar se necesita deseo, información, energía, alimento materno, un entorno que sostenga y una infinita cantidad de tiempo y esfuerzo. Decir que la lactancia es “gratis” invisibiliza el trabajo intenso de millones de mujeres en todos los rincones del planeta. La lactancia debe partir del deseo. Nadie puede sugerirle a otra mujer qué hacer o qué no hacer con sus propias tetas. Y ese deseo solo puede existir si la información está a mano y la sociedad comparte la responsabilidad de la crianza de ese nuevo miembro. 

La lactancia no es una responsabilidad de las mujeres que amamantan. Ellas pondrán el cuerpo y todo lo que ya he mencionado, si desean hacerlo; pero la lactancia es tanto su responsabilidad como la de los profesionales que acompañan la salud de la díada, de los/as compañeros/as de trabajo que son o no mapadres, del entorno familiar de ese bebé y de la persona que no le deja el asiento en el colectivo. Es preciso comenzar a repensar el complejo entramado social colectivo que rodea el desarrollo individual de cada persona, mucho más allá de su núcleo familiar primario. Tiene que existir una construcción humana que se ocupe de las necesidades de esa nueva familia: alimento, aseo, cuidados de otros hijos e hijas. Amamantar y aupar a un recién nacido es un acto continuo: un bebé pequeño necesita pasar todo el tiempo posible en brazos, se lo pide su sistema sensorial, neurológico e inmune. ¿Quién cuida a las que cuidan? 

Antiguamente, cuando la crianza en tribu era una realidad y no una intención ni un lema, el cuidado de ese núcleo familiar era una responsabilidad compartida. De esa visión colectiva parece que solo queda la opinión y la crítica hacia cualquier decisión que tome la familia: colechar o no, amamantar o no, pelar al bebé o no. Todo será criticado, aún cuando la persona que critica haya atravesado y sufrido lo mismo que está perpetuando con sus palabras. 

También es fundamental repensar los beneficios que les arrebatamos a las mujeres que desean amamantar cuando no formamos parte consciente y responsable de ese proceso. Se ha documentado que la lactancia protege contra el cáncer de mama y el de ovario; reduce el riesgo de sangrado postparto; y también puede reducir el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, artritis reumatoide, osteoporosis y enfermedad cardiovascular. En Argentina, una de cada tres mujeres muere por causa cardiovascular, lo que representa que muere una mujer cada 11 minutos, según datos del Ministerio de Salud de la Nación correspondientes al año 2010 ¿Se incluye el fomentar la lactancia entre las recomendaciones para prevenir esta enfermedad crónica? ¿Se brinda formación sobre lactancia cuando estudiamos cardiología? Si cuando nos formamos en pediatría dicho contenido es escaso y muchas veces netamente academicista y poco práctico, la respuesta es sencilla. Las propias médicas estamos atravesadas por este sistema que nos obliga a retomar las guardias de 24 horas a los dos meses del recién nacido, sacarnos leche a las apuradas en baños malolientes, esconder el tarrito con leche en la heladera que junta las sobras de comidas de varias guardias. Si el sistema médico en el que trabajamos para prevenir, curar y acompañar nos quita nuestras lactancias sin ningún tipo de resquemor, ¿cómo vamos a promover la lactancia de otras personas?

Cuando miramos los números de la Encuesta Nacional de Lactancia, las tasas de lactancia descienden a medida que aumenta la edad de los bebés. Quisiera decir que esto es por decisión de las mujeres, pero spoiler: no lo es. La vuelta al trabajo fuera de casa es uno de los motivos más contundentes. La Organización Mundial de la Salud sugiere lactancia materna exclusiva los primeros 6 meses ¿Cómo lograrlo si la mayor parte de las mujeres del país con suerte es monotributista? ¿Cómo lograrlo si la licencia por paternidad es solo por paternidad, y aunque no haya padre presente no contempla a otra persona que pueda acompañar a la madre al menos en el puerperio temprano, y solo son 2 o 3 días?

Todas estas preguntas no son retóricas, tienen un fin claro: poner en la agenda social y política la urgencia de generar e implementar políticas públicas de protección a la lactancia, y proteger la salud de las personas involucradas en ese vínculo, a corto y largo plazo. En tiempos de pandemia, las estadísticas de enfermedades respiratorias en menores de dos años son contundentes: los casos de bronquiolitis bajaron un 76% respecto al 2019.  Claramente las medidas de higiene, el aislamiento social preventivo y obligatorio y la presencia de los mapadres en el hogar tuvo un efecto beneficioso. Aún desconocemos el impacto en la lactancia en estos números a nivel encuesta: en el consultorio, las madres que acompaño que desean amamantar se sienten desbordadas por compatibilizar crianza y trabajo remunerado y no remunerado en el hogar (grupo en el que me incluyo), pero a la vez felices de no cargar sacaleches y heladeritas conservadoras en colectivos, y de tener a sus bebés cerca la mayor parte del tiempo (sentimiento en el que me incluyo también, escribiendo esta nota con mi hijo al pecho).

Son tiempos de parate forzoso, de adaptación, de repensar y rehacer esas políticas que continúan recayendo en la responsabilidad de las mujeres de amamantar, a la vez que permiten implícitamente la publicidad de leches de fórmula que prometen solucionar todos los interrogantes que genera un bebé. La lactancia deseada es una responsabilidad social, y las acciones para acompañarla y sostenerla corresponden a la sociedad en pleno. La lactancia no vende, la lactancia molesta. La lactancia tiene olor a leche, transpiración y regurguitación de bebé. Pinta lamparones acartonados en las remeras cuando la teta gotea, ante los que apartamos la vista confundidos y temblorosos de la propia biología. La lactancia no es coqueta, ni prolija. La lactancia deseada es un derecho que está en todos garantizar.

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