“Caídos del mapa”, libros que marcaron adolescencias con viejos estereotipos y hoy ameritan una nueva lectura

Hoy quiero aprovechar esta columna para hablar acerca de Caídos del mapa, un libro troncal en mi preadolescencia. ¿Lo conocen? Creo que todos lo leímos u oímos alguna vez. Yo era una pequeña cuis de biblioteca y, a falta de otras actividades en verano, devoraba lecturas. Es así como la primera y única vez que lloré con un libro fue con Mi planta de naranja lima, a los nueve años (mucho sufrimiento literario para toda la vida). Caídos del mapa era todo lo contrario. Recuerdo leerlo con frescura una y otra vez, sabiendo que iba a sentir cosquillas en la panza y que me iba a reír a carcajadas. Siempre miraba la última hoja del libro con admiración profunda por su autora, María Inés Falconi; deseando, tímidamente, escribir alguna vez algo tan bueno como lo hizo ella.

Caídos del mapa es un libro fresco que se convirtió en una serie de trece volúmenes. Debo confesar que la historia se fue desdibujando, creo que por el afán de prolongarla. Pero el primero… ¡Ah! El primero. PaulaFabiánGraciela y Federico son amigos íntimos. Graciela es linda y tiene «levante» (va a haber mucho lunfardo noventoso en esta columna, sepan disculpar). Paula es su mejor amiga, es muy miedosa y tiene una familia sobreprotectora. Fabián es lo que hoy llamaríamos geek, un nerd de la tecnología. Federico, por su parte, es un pibe canchero y respondón, con una familia complicada. Por supuesto, faltaba más: Federico y Graciela se gustan; y Paula y Fabián, también. En séptimo grado, con el objetivo de escapar de las clases de Elvira, la profe de geografía (a quien llaman «La Foca«), deciden emprender una aventura y esconderse durante el horario escolar en el sótano del colegio.

A estos personajes, simpáticos y queribles, se les suma su antagonista: Miriam. A Miriam ya no la queremos desde las tapas de todos los libros: aparece siempre con un gesto fastidioso, en el fondo, molestando. ¿Por qué? Porque Miriam, descrita por las palabras de Federico en el primer libro, es una «gorda buchona». Miriam es gorda. Por si no nos quedó claro al principio esa es, al parecer, una característica clave de su persona. Su familia tiene un buen pasar económico y su papá es el presidente de la cooperadora. Miriam quiere ser amiga del cuarteto pero, como no le dan bola, intenta hacerles la vida imposible por todos los medios. Y, justamente, se desliza al sótano con ellos deschavando su aventura y amenazando con contarles a las autoridades del colegio y a sus familias.

A regañadientes, el cuarteto acepta y terminan viviendo momentos muy divertidos en el sótano (debo decir que la escena del ‘casamiento’ de Paula y Fabián me genera ternura al día de hoy). Con una resolución del conflicto un tanto «tirada de los pelos», logran que sus familias se enteren y zafan del reto y del castigo. La «gorda», además, es castigada y todos se alegran porque la van a cambiar de colegio. Dejemos pasar, al menos en esta columna, el largo análisis de las cuestiones de género que podríamos hacer sobre el texto (detallo para quienes no lo leyeron: Miriam le cuenta a Graciela que todos la consideran una «loquita» por cambiar de novio muy seguido y que los varones hacen apuestas acerca de quién la toca más) y que, por supuesto, también se relacionan con las formas de referirse a Miriam y de tratarse entre sí.

En el sótano, los cuatro amigos le hacen un «juicio» a Miriam, donde dos de los cargos son «gorda granulienta» e «IBM» -Inmensa Bola de Mocos-. Algunas de las expresiones son: «A la gorda hay que matarla»; «Decirte hipopótamo no es una cargada, es la pura verdad» y «con esos jamones que tenés, no podés usar pollera que no sea hasta el tobillo». Caídos del mapa se publicó en 1992. ¿Sería justo juzgar la gordofobia explícita en el mismo? Aunque pasaron casi treinta años, lo dudo. Es un libro escrito por una adulta, una docente con muchísima llegada a las infancias y adolescencias.

En ese contexto me pregunto: ¿cuántas infancias leímos eso y, en conjunto a un entorno que nos bombardeó con ‘dietas mágicas’ noventosas y fotos de cuerpos longilíneos, creímos que ser «gorda» era el peor escenario de nuestra vida? ¿Cuántas fuimos el Federico que se creía el más canchero por «bardear a la gorda»? ¿Cuántas, unos pocos años después, empezamos a contar cada caloría, a comer media manzana y no una entera y a zambullirnos en el mundo de los trastornos de la conducta alimentaria?

¿Tiene la culpa de esto Caídos del mapa?

No, por supuesto que tiene que ver con el contexto cultural donde residimos. Actualmente, cada vez hay más marcas de ropa que muestran personas con cuerpos diversos. Aún así, cuando las o los modelos muestran sus rollos, su celulitis o sus estrías, los comentarios de las redes sociales abundan con frases como: «Seguro que para la foto sonreís, pero después llorás vomitando todas las noches», «Estás promoviendo enfermedades» o «das asco». Falta, falta mucho. Pero ver que en las publicidades hay distintas personas con diferentes cuerpos hubiese sido algo impensado pocos años atrás.

Entonces, ¿qué hacemos con Caídos del mapa? Estaría bueno promover su lectura crítica y tal vez proponer un disclaimer (descargo de responsabilidad) o una reflexión en las próximas ediciones. No pensarlo como un libro «canchero» para regalar a adolescentes, sino incitar a la relectura en adultos. Yo no quiero que mi hijo, ni las infancias que acompaño, crean que opinar sobre el cuerpo de otra persona es gracioso o que está bien. Quiero que sepan que las personas somos todas distintas y diversas; y que todos tenemos derecho a sentirnos hermosos. Nos lo debemos.

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