Mirarlos, pero mirarlos de verdad: ideas para no perder la magia en la vida con nuestros hijos

Columna de opinión publicada en BigBangNews

Los bebés, niños y niñas son personas. Esta simple frase, que parece obvia, no lo es en los paradigmas de crianza que se han impuesto y mantenido por muchísimos años. «Que esté quieto». «Que no grite». «Que no llore». «Que se quede en ese lugar, y que no desordene». «Que no toque ese botón». «Pero la pucha, por qué te pones en mi camino, me haces tropezar». «Otra vez te hiciste pis». «Me hacés enojar». «Me hacés gritar». «Me hacés darte un chirlo». Y así, hasta el infinito…

Los bebés, niños y niñas son sujetos de derecho y protagonistas de su propia vida, y en base a eso, la violencia nunca es una opción. Nosotros, como adultos, acompañamos y aportamos sostén emocional: somos el refugio, la base segura a donde recurrir. No, no esta mal sentirnos desbordados, ni no saber qué hacer muchas veces durante la crianza. No existe ni un manual, ni las instrucciones perfectas. Tampoco está mal ponerse a llorar junto al niño o niña, o decirle que no lo entendemos, o que no sabemos qué hacer. Creemos que como adultos y adultas tenemos que dar respuestas omniscientes, tenemos que saber todo y resolver todo y mostrar una imagen de perfección. Y no hace falta: cuando nos sinceramos, cuando ponemos en palabras lo que pasa, estamos haciendo lo mejor que podemos hacer, que es dar el ejemplo. Mostrar que somos humanos y falibles ¿Qué les mostramos con esto? Que ellos y ellas también pueden decir lo que sienten, que pueden equivocarse, que pueden contar con nosotras y nosotros en todos los aspectos de su vida. Que siempre van a estar los abrazos y las miradas para acompañar.

A veces, en medio del maremágnum de la vida cotidiana, perdemos el disfrute, la magia, la mirada. Les dejo un texto pequeñito que escribí alguna vez, muy cansada, mirando a mi niño andariego, incansable. Y, aunque su mamá no le podía seguir el paso, feliz.

Mírelo. Pero mírelo de verdad. Deje un rato ese aparato infame que tiene en la mano y enfóquese. También sería útil apagar la tele.

Mírelo moverse. No hay rincón que no explore, ¿verdad? Y no hay objeto más interesante en el mundo que un enchufe. Mire sus movimientos, sus pasos. Son suaves, son un poco torpes aún, pero decididos. ¿Cuando creció tanto? ¿Cuando ese pantalón quedó cortito?

Mírelo bailar cuando suena una melodía. Escuche su vocecita contarle cosas importantes. Mírelo contar hasta veintidos, uno, dooos, tees, catorce, cuato. Mírelo sacar todo de una caja y meterse adentro, feliz.

Mírelo mucho. No hace falta ningún movimiento extraño: el niño irá seguramente hacia usted varias veces. Es sabido que le sonreirá y lo mirará a los ojos. Mire sus ojos: están felices porque usted lo mira. ¿Puede sostener esa mirada? ¿Puede ver sus propios ojos en ese reflejo? ¿Puede sentir ese montón de amor que está fluyendo entre ambos?

No hace falta que el tiempo se prolongue muchísimo: en el día a día de un niño hay mucho para hacer. Un ratito está bien. El niño o niña no entiende relojes: está hecho de momentos

Mírelo, y créame, ese niño o niña nunca se olvidará de que lo o la miró. ¿Y sabe qué? Usted tampoco se olvidará que hay unos ojos chiquitos, pendientes, mirándolo o mirándola. Unos ojitos llenos de amor, que, aun en medio de berrinches o enojos, copian todo lo que ven. ¿Y sabe qué ven? A usted, héroe o heroína, que alguna vez lo o la miró.

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